Desde finales de la Edad Media, Pedroso desarrolló una economía basada en la transformación de la lana procedente de sus propios rebaños y de los pueblos vecinos en un sector manufacturero de gran envergadura. El proceso completo de elaboración de textiles —lavado de lanas, cardado, hilado, tintado, bataneo, tundido y perchado— se realizaba íntegramente en la villa, convirtiendo a Pedroso en un centro productor de paños, bayetas y tela de lana basta de relevancia regional. Esta especialización económica quedó ampliamente documentada en múltiples contratos que probaban la confianza que otras instituciones depositaban en la calidad de sus productos.
La importancia de Pedroso como proveedor de textiles alcanzó su máxima expresión en época moderna. Un documento de 1711 prueba que los vecinos de Pedroso se comprometían a abastecer a las tropas reales con 18.000 varas de paño blanco y turquesa, transportándolas y depositándolas en los almacenes reales. Paralelamente a la manufactura textil, la villa también desarrolló agricultura, ganadería, arriería y comercio, diversificando sus fuentes de riqueza.
Esta especialización económica convirtió a Pedroso en un pueblo próspero durante los siglos XVII y XVIII. Según el Catastro del Marqués de la Ensenada de 1751, Pedroso alcanzó su máxima población con aproximadamente 1.350 habitantes, cifra que refleja su apogeo como centro manufacturero y comercial de la comarca. Fue durante este período cuando la villa se integró en la Real Sociedad Económica de La Rioja entre 1790 y 1801, participando así en los ideales ilustrados de mejora económica y social propios de las sociedades de amigos del país del siglo XVIII.
A mediados del siglo XIX, la estructura económica de Pedroso se mantenía en apariencia similar, aunque con síntomas claros de debilitamiento. La economía seguía basándose fundamentalmente en la agricultura, la ganadería y la industria textil, pero el panorama había cambiado significativamente. La producción agrícola incluía cereales como trigo, cebada, centeno y avena, junto con legumbres diversas (habas, judías, arvejas, garbanzos, comuña, alholvas y yeros) y patatas. La ganadería comprendía ganado lanar, vacuno y de cerda, mientras que la fauna silvestre proporcionaba caza de conejos y perdices, sustanciosos complementos de la dieta local.
Sin embargo, la industria textil, que había sido el motor económico durante siglos, iniciaba un proceso irreversible de declive. La mayor riqueza del pueblo provenía aún de una fábrica de paños ordinarios que empleaba 8 telares y ocupaba a 15 operarios, pero su capacidad productiva y comercial se veía reducida. El comercio principal se basaba en la exportación de paños e importación de trigo, aceite y vino en cantidad considerable, aunque estas cifras no podían compararse con el esplendor de siglos anteriores.
A partir de mediados del siglo XIX, la industria textil desapareció completamente, obligando a la comunidad a buscar alternativas económicas. Pedroso desarrolló entonces nuevas actividades derivadas del aprovechamiento del monte —la carbonería y cisquería— y de la madera, donde proliferaron talleres de fabricación de bastones, camas, sillas, mesas y lavabos de madera. La chacinería se convirtió en otra actividad relevante, permitiendo que Pedroso adquiriese fama por sus salazones y embutidos de ganado de cerda engordado con bellota, productos que dieron a la villa cierto renombre en la comarca.
Sin embargo, la desaparición de estas actividades a mediados del siglo XX, junto con el creciente reclamo que ejercía la ciudad sobre la población rural, provocó el declive demográfico que caracteriza a Pedroso en la actualidad. La transformación económica que había sostenido la prosperidad medieval, moderna y decimonónica de la villa no pudo ser compensada por iniciativas posteriores, dejando a Pedroso como testimonio de cómo la especialización productiva, aunque sea exitosa durante siglos, puede resultar vulnerable a los cambios económicos estructurales.
