La iglesia de San Juan de Letrán fue fundada por Juan de Pedroso en el siglo XVII y consagrada en 1654, constituyendo un importante edificio religioso para la localidad de Pedroso. Sin embargo, desde finales del siglo XIX, la iglesia ha experimentado un progresivo y irreversible proceso de ruina que la ha llevado a su completo abandono.
Los primeros síntomas del colapso se remontan a finales del siglo XIX o principios del XX, cuando un párroco permitió que una pequeña gotera en el tejado se agrandase gradualmente. Esta negligencia inicial tuvo consecuencias catastróficas: la techumbre se derrumbó de forma irremediable, imposibilitando cualquier reparación posterior. Ante la catástrofe, se actuó con cierta diligencia salvando algunos de los retablos y cuadros de valor artístico que decoraban el interior, siendo trasladados a la iglesia del Salvador, donde se conservaban aún en el momento de elaboración de estos registros.
A partir de entonces, el edificio ha caído en un estado de abandono extremo. En la actualidad presenta un aspecto desolador: sus puertas están tapadas con maderas, el interior se encuentra cubierto de maleza espesa poblada de saúcos y ortigas, falta el altar y las losas del suelo han desaparecido. Los muros exteriores permanecen en pie, aunque algunos arcos de bóveda se hallan en precario equilibrio. El narrador, siendo niño a finales del siglo XX, tuvo ocasión de acceder al interior de la nave central acompañado por su amigo Miguel Ángel, aprovechando que las maderas de la puerta estaban removidas. Una vez dentro, comprobó cómo la maleza selvática había alcanzado proporciones extraordinarias en el fondo de la nave. Durante aquel viaje infantil encontraron una vaca negra que se había refugiado en el interior del templo, hecho que el narrador interpreta de manera poética como un mensaje del caballero Juan de Pedroso exigiendo que fuera dejado en paz.
La restauración de este edificio parece completamente inviable dada la envergadura de los daños y el crítico estado del conjunto. Ante esta realidad, algunos estudiosos prefieren mantener un sentimiento poético sobre las piedras viejas de San Juan de Letrán, aceptando que el templo inevitablemente se derrumbará, antes que perseguir una restauración que probablemente resultaría imposible de acometer.
