Entre aproximadamente 1874 y 1938, Pedroso (La Rioja) experimentó una emigración masiva hacia América del Sur, que transformó profundamente la demografía y la estructura social del municipio. Argentina se consolidó como el destino preferente, especialmente Buenos Aires, aunque también se documentó presencia notable de emigrantes pedrosanos en Mar del Plata y San Nicolás. Junto a estos enclaves argentinos, la emigración alcanzó otros territorios americanos: Uruguay, particularmente Trinidad-Flores; México, especialmente Quintana Roo; Chile, con presencia en Santiago; Cuba, principalmente La Habana; y Brasil, con registros en São Paulo.
La emigración fue motivada fundamentalmente por razones económicas, que encontraron en América oportunidades de enriquecimiento y mejora social. Sin embargo, durante la segunda década del siglo XX se añadió otra causa imperiosa: la necesidad de evadir el servicio militar obligatorio. Numerosos emigrantes fueron declarados prófugos de reclutamiento por la Comisión Mixta de Reclutamiento —principalmente entre 1912 y 1933— o la Junta de Clasificación y Revisión, lo que convirtió la emigración en una salida desesperada para muchas familias jóvenes.
En destino, los pedrosanos demostraron gran capacidad de iniciativa empresarial. Muchos se establecieron como comerciantes u hombres de negocios: Martín Navarro Matute participó en la tienda "Los Gallegos" en Mar del Plata, mientras que Lucas Navarro Montes formó parte de la empresa "Los Navarros". Otros lograron movilidad social mediante la educación superior, como el caso notable de Pablo Pérez del Cerro Barrenengoa, quien concluyó la carrera de abogado en Buenos Aires en 1914. Casos excepcionales como el de Ruperto Prado Pérez, quien emigró a Quintana Roo en 1910, se convirtieron en impulsores destacados de industrias regionales, como la producción de chicle, y contrajeron matrimonio con la población local, en este caso con Virginia Fuentes.
Algunos emigrantes alcanzaron prominencia social en sus comunidades de destino. Sotero Torrea Pérez, durante su estancia temporal en La Habana en 1908, financió incluso los fuegos artificiales de las fiestas de su pueblo natal, demostrando el orgullo y los vínculos afectivos que muchos mantenían con Pedroso. Del mismo modo, Antonia Ruiz Blasco, residente en Buenos Aires, figuraba aún en el padrón de 1930 de Arnedo, lo que refleja la permeabilidad administrativa de estos flujos migratorios.
La documentación disponible revela que muchos emigrantes mantuvieron vínculos legales y familiares con Pedroso incluso tras instalarse en América. Realizaron escrituras de mandato desde el destino —como Ambrosio Hernández Sáez en 1885— para gestionar sus asuntos en la localidad. Asimismo, se casaron según la ley española incluso después de emigrar, como Calixto Turza Alesón, quien contrajo matrimonio en Uruguay el 7 de mayo de 1887. En algunos casos, familias completas emigraban juntas: los hermanos Antonio, Isabel y Manuel Turza Alesón marcharon con sus padres a Trinidad y Flores en Uruguay, mientras que Pedro Turza Novoa emigró con su mujer Jacoba Alesón Bernádez y sus tres hijos —Antonio, Manuel e Isabel—, realizando una estancia temporal en Logroño en 1901.
La documentación muestra también el retorno temporal de emigrantes, constatable en los padrones municipales de 1900, 1909 y 1915, así como la presencia de emigrantes de la siguiente generación nacida en América: Ángela Ventosinos Ruiz, hija de Antonia Ruiz Blasco, nació en Argentina en 1920. El destino final de muchos emigrantes fue la permanencia en América: Pilar Sierra Zaldívar falleció en Buenos Aires en 1995, y Bertoldo Velasco Larios, hijo de Juan y Baldomera, falleció en São Paulo el 2 de enero de 1993. Otros casos documentados incluyen a Pedro Antonio Sáenz Lombilla, fallecido en La Habana antes de 1838, quien fue uno de los pioneros en esta cadena migratoria que caracterizó a Pedroso durante casi siete décadas.
