
El Valle de Araviana se configura como una depresión bien definida en la cabecera del río homónimo, circunscrita entre el Moncayo al norte y la alineación de las Sierras de Tablado, Toranzo y Madero al sur. De la Sierra de Toranzo, que alcanza los 1.620 metros de altitud, sale un espolón montañoso que penetra en el valle y termina en un otero a 1.355 metros, separado del cuerpo principal por un suave collado casi imperceptible. Este otero, conocido como Cerro de la Batalla y constituido por cuarcitas ordovícicas, representa el punto dominador más destacado del Valle, y su emplazamiento pertenece a la vertiente norte de la Sierra de Toranzo, razón por la cual los romances mencionan «Sierra de Araviana».
Sobre el Cerro de la Batalla se encuentran las ruinas de una torre totalmente derruida, descubierta por Eugenio Sanz Pérez en 2002 durante un reconocimiento geológico. Los muros de los cimientos sobresalen entre 1 y 1,5 metros del suelo natural, revelando una planta rectangular de aproximadamente 20 por 12 metros, con muros de 2 a 2,5 metros de espesor. Se adivinan huecos de escaleras de acceso a pisos superiores. Entre las ruinas se halló una punta de lanza de sección triangular, probablemente Bajo Medieval. En los Quintos de Araviana y el Quinto de los Calonge también se encontraron armas de hierro medievales durante labores de roturación en los años noventa. Su planta rectangular corresponde a la tipología de las fortalezas musulmanas de la frontera oriental soriana del siglo X. Sus grandes dimensiones, casi un pequeño castillo, superan en tamaño a la gran torre de Noviercas, que mide 18 metros de altura con dimensiones de 12 por 8 metros, señalando la importancia estratégica de lo que protegía.
Durante los siglos X a XII, la torre musulmana de Araviana estuvo alejada de los pasos militares principales, por lo que su razón de ser se debía fundamentalmente a la custodia y protección de una zona económicamente privilegiada dedicada a la ganadería. La torre ofrecía protección a la Dehesa de Araviana, la más importante de la zona para ganado vacuno, bueyes y caballos de guerra, esenciales en las contiendas militales medievales. La zona funcionaba como agostadero o pastoreo de verano para Agreda y Noviercas, sistema que se mantuvo por inercia hasta la época moderna. El Valle de Araviana era el único que recibía del Moncayo corrientes de agua de caudal apreciable en verano, permitiendo mover numerosos molinos concentrados en el valle mediante la llamada acequia molinal. En el siglo XIX existían más de ocho molinos harineros alimentados por estas aguas. La torre no solo tenía importancia ganadera; el territorio también poseía riqueza de extracción y fundición de hierro heredada de celtiberos y romanos, incluyendo la explotación del Molino de Almagre y fundiciones en San Bartolomé.
A pesar de dominar la Sierra y el Valle de Araviana, su aislamiento entre el Moncayo y Toranzo la hacía vulnerable a ataques sorpresa por el Estrecho de Araviana o el Collado de Borobia sin un sistema de alarmas adecuado. Por ello, formaba parte de una red defensiva más amplia: hacia el ENE, dominando el abrupto valle del Isuela, se hallaba la torre de Baratón, mencionada como «Castillo de Veratón» en un documento notarial de 1339; al sur, la gran atalaya de Las Peñas de los Infantes cubría sus espaldas; al oriente, la atalaya de La Torrecilla conectaba con Torrambil a través del conducto topográfico del Estrecho de Araviana. Este sistema de vigilancia resultaba inútil en días de bruma o niebla, frecuentes en el final de verano.
La torre se halla en medio de un despoblado medieval situado en la culminante del cerro y su ladera sur, actualmente cubierto de pradera, donde se reconocen con dificultad alineaciones de paredes y hoyos de habitáculos derruidos. Una pequeña fuente a media ladera garantizó el abastecimiento a esta población. A su altura, de más de 1.300 metros, solo la superaba Beratón a 1.400 metros. El emplazamiento, expuesto a fríos vientos del norte, parece responder a una función militar de servicio a la torre más que a un poblado propiamente dicho. Las piedras recicladas de la torre sirvieron en su día de cantera para construcción del poblado y de grandes y antiguos corrales de vacas situados junto a la torre. Se ha hallado una moneda de vellón de Felipe IV (1621-1665) en el despoblado, indicativo de actividad aún en el siglo XVII. La fortificación, aunque no aparece citada en crónicas medievales, constituye un testimonio arqueológico de la importancia estratégica y económica de esta región fronteriza entre Castilla y Aragón, cuya posición fue confirmada por posteriores batallas entre castellanos y aragoneses producidas en sus proximidades.
Pérez, E. S. (2016). Geografía histórica de la muerte de los Siete Infantes de Lara. La Torre y atalaya de Araviana. Celtiberia, 66(110), 125-168.
