La comarca en torno a Ólvega gozaba de una importancia económica considerable desde la antigüedad, fundamentada en un equilibrio de factores geográficos, ganaderos y comerciales que la posicionaron como región estratégica del interior peninsular. El carácter lacustre de la zona, integrado por un complejo de seis o siete lagunas seguidas unas de otras en una longitud de unos 6 km, siendo la de Añavieja la más grande, facilitaba la existencia de extensas zonas húmedas que proporcionaban pastos verdes durante todo el año para el ganado. Estudios geomorfológicos con dataciones de C-14 confirman que estas lagunas fueron plenamente funcionales durante la época romana, rellenándose posteriormente de sedimentos. De esta riqueza lacustre solo permaneció la laguna de Añavieja, que fue desecada artificialmente en el siglo XIX. La laguna de Agreda, de 2 a 3 km de longitud, y la de Valdejeiña ampliaban este potencial ganadero regional. La etimología prerromana de topónimos como Devanos (Deva) y Añavieja (Ana), ambos referidos al agua, subraya la importancia histórica que estos sistemas lacustres tuvieron en la estructura económica de la zona.
La comarca funcionaba asimismo como ruta comercial de intercambio de mercancías entre el valle del Ebro —productor de aceite, vino y fruta— y la Meseta, que aportaba principalmente cereales. Este tránsito de productos agrícolas de alto valor convirtió a la región en corredor económico de primer orden. A esta función mercantil se sumaban valiosos recursos naturales propios: yacimientos de hierro en el Moncayo, bosques extensos y dehesas que incrementaban su valor estratégico. Estos recursos naturales, junto con las posibilidades ganaderas derivadas de las zonas húmedas, configuraban una economía diversificada donde la producción local y el comercio de paso se complementaban, posicionando a la comarca de Ólvega como zona de importancia estratégica y económica durante siglos.
