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Fiestas y Gastronomía

Siglos XVII-XX16 min de lectura

La memoria festiva y gastronómica de Ólvega forma un calendario que recorre todo el año, en el que cada celebración trae consigo sus propios sabores, sus cofradías, sus leyendas y sus gestos heredados de generación en generación.

El ciclo se abre el tres de febrero con San Blas, cuando se celebra la bendición de los rollos o roscos. El rollo, hecho con huevos, harina, azúcar, leche, aceite y levadura, se lleva a misa —también los niños acuden con el suyo, adornado— y el párroco lo bendice salpicándolo con agua que, según la creencia popular, le otorga la virtud de curar los males de garganta. No en vano el refrán recuerda que «por San Blas, la cigüeña verás».

Con la llegada de la primavera, el 25 de abril o el domingo más cercano a esa fecha, se celebra la Romería de San Marcos, una de las fiestas de mayor arraigo. Cientos de olvegueños y visitantes se reúnen en la pradera del paraje de Campiserrado, donde se alza la ermita del santo, para pasar un día de campo en familia o en cuadrilla. Allí se degusta la culeca, una especie de torta salada hecha con masa de pan trabajada con manteca y rellena de chorizo, huevo duro, lomo o torreznillo —ingredientes que antaño eran comunes en todas las casas y, además, fáciles de transportar el día de la romería—. Junto a ella se preparan grandes cantidades de rancho, el menú tradicional cocinado al aire libre a base de carne con patatas, grasas y verduras, al que hoy se suelen añadir también conejo, tomate, bacalao o caracoles. Antiguamente, la gente de Ólvega acudía a pie o en carro hasta este lugar; la fiesta se limitaba entonces a comer la culeca en la pradera y después «ir a ver cómo estaban los campos». Existe además una tradición que asegura que si algún año dejara de celebrarse la misa de San Marcos en su ermita, esta pasaría a pertenecer al término de Ágreda. En la actualidad, desde primera hora de la mañana se encienden las fogatas, se va a misa y se prepara el rancho, mientras la jornada se llena de competiciones —el cross popular, partidos de fútbol por cuadrillas, el juego de la abuela o las chapas, legalizadas solo dos días al año—, meriendas amenizadas por gaiteros y, al caer la tarde, el desfile de coches; algún grupo de olvegueños mantiene su hoguera encendida hasta bien entrada la noche. El recuerdo de esta romería está también envuelto en mitos y leyendas transmitidos entre los más jóvenes: la merienda infantil se reducía a la culeca hecha en el horno el día del amasado semanal, con más o menos chorizo y, si las gallinas lo habían puesto, un huevo duro en el centro; el camino hacia Campiserrado se hacía en grupos de amigas comentando historias que las abuelas habían contado, entre ellas la de una cadena de oro que, según se aseguraba, estaba enterrada en algún punto del camino entre el paraje conocido como «El Castillazo» —un antiguo refugio, de trazas de castillo militar, situado entre La Muela y San Marcos— y la ermita, aunque nadie supiera precisar el lugar exacto. En Campiserrado hubo antaño un poblado con sus propios servicios: la fuente de Fuencañón, la iglesia de San Marcos —a cuyas campanas, se dice, las robaron los vecinos de Ágreda para colocarlas en la iglesia de San Juan— y el propio Castillazo. La ermita, de puerta románica del siglo XII, guarda una curiosa broma que se repite cada año con los novatos: se les dice que, pegando el oído a una piedra redonda situada junto a la escalera del coro, pueden oírse cerner a las monjas de Ágreda, broma que suele terminar en un coscorrón. La misa de la romería era de rogativas, con sus correspondientes letanías, y durante la comida los hombres se pasaban las botas de vino mientras la sobremesa, animada, incluía el tradicional manteo de algún incauto. La vuelta al pueblo solía hacerse por la vía del tren, atravesando el largo túnel de La Muela, con el cuidado de caminar en fila india por el peligro que suponía la vía, y el paso de algún tren era entonces todo un acontecimiento.

Los productos del cerdo tienen también su protagonismo gastronómico en Ólvega, especialmente el chorizo, cuya curación se ve favorecida por el clima frío y seco de la zona. En su honor se celebra «El Día del Chorizo», el fin de semana anterior a las Fiestas de la Virgen de Olmacedo —según otra referencia, este día coincide con el sábado anterior a las comuniones—, cuando los vecinos suben hasta la ermita de la Virgen para recoger un chusco de pan y un tallo de chorizo repartidos por el Ayuntamiento y los mayordomos. La costumbre tiene su origen en los niños que antiguamente iban a limpiar de piedras el camino por el que al día siguiente sería llevada la Virgen hasta el pueblo; como agradecimiento por el trabajo, se les obsequiaba con esta merienda de pan y chorizo. De la matanza también proceden el picadillo —carne picada de cerdo preparada como la del chorizo pero sin embuchar— y el célebre torrezno o torrenillo, una tira de panceta adobada y frita, de corteza crujiente, imprescindible en el almuerzo olvegueño.

Las Fiestas del Cristo aportan sus propios manjares: durante estos días las peñas elaboran el vino de terrizo, con vino, azúcar y melocotón, que se ofrece a cuantos se acercan a los terrizos. Las fiestas culminan con la Comida de Hermandad, en la que los quintos reparten alubias blancas y carne de toro estofado, un menú cocinado en plena calle para un gran número de comensales. A estos sabores se suman, ya fuera del calendario festivo estricto, las setas —sobre todo las de cardo y los níscalos, muy presentes en los menús y tapas de los establecimientos del pueblo en temporada— y la caza, que ofrece carne de jabalí, ciervo o corzo.

Las Fiestas del Cristo tienen su origen documentado a finales del siglo XIX, cuando tras la cosecha se celebraba la fiesta del Santísimo Cristo de la Cruz a Cuestas como acto de acción de gracias. Días después era costumbre realizar la «allegada», una recogida de donativos y trigo llevada a cabo con caballos engalanados y conducida por el Ayuntamiento, los mayordomos de la Vera Cruz, alguaciles y guardias del municipio. Se desconoce la fecha exacta en que estas fiestas adquirieron carácter patronal, pero su esencia —actos religiosos, volteo de campanas, toros, terrizos, buen humor y alegría— ha perdurado hasta hoy. Actualmente, la víspera, en la tarde del 13 de septiembre, se celebra el pregón a cargo de una persona querida por los olvegueños, acto en el que también se corona a la Reina y las Damas de las fiestas, tradición recuperada hace algunos años. El chupinazo congrega a todos los vecinos en la Plaza de España e inaugura oficialmente las fiestas; después, todo el pueblo —charanga, peñas, quintos, corporación municipal, Reina y Damas, gigantes y cabezudos— recorre los terrizos, donde destaca el colorido de las peñas con sus blusones, chalecos, pañuelos, fajines y pancartas. La jornada continúa con baile y, de madrugada, los gaiteros recorren las calles hasta el amanecer, cuando tiene lugar la primera diana floreada, que despierta a los rezagados con moscatel y pastas antes del primer encierro con vaquillas; estos actos matinales se repiten cada día de fiesta. La mañana del 14 trae la procesión, acompañada de la Banda de Música, y la solemne Misa Mayor en honor al Santísimo Cristo de la Cruz a Cuestas. Por las tardes se suceden exposiciones, espectáculos taurinos distintos cada día —rejones, lidia, la jornada de los quintos, recortadores—, el encierro vespertino, bailes, charanga, verbena y los terrizos abiertos a todo el mundo. El último día, tras cuatro jornadas de festejos, llega la Comida de Hermandad, en la que más de dos mil comensales se reúnen en la Plaza de España y calles adyacentes para compartir judías y toro guisado, regados con vino, y rematar con fruta, café, helado y copa; antiguamente solo asistían mozos y casados, pero con el tiempo las mujeres se han incorporado a este acto. Tras el aplauso a los cocineros y a los quintos que han servido la comida —quintos del año siguiente que ya sienten la emoción del relevo— quedan aún la charanga, los bailes y la entrega de premios, hasta que a medianoche llega la despedida definitiva con bengalas: la Plaza de España se convierte en una estrella luminosa donde vecinos y forasteros, entrelazando las manos, entonan el «Pobre de mí, ya falta menos para que lleguen las próximas fiestas».

Las fiestas de mayor arraigo y devoción, sin embargo, son las de la Virgen de Olmacedo. Comienzan con el ya mencionado Día del Chorizo y continúan al día siguiente con la misa en la ermita, a la que se sube en procesión desde la iglesia de Santa María la Mayor, con los participantes ataviados con el traje regional para la ofrenda floral. Tras la misa, la Virgen es llevada a hombros por los feligreses hasta el pueblo, donde permanece nueve días, es testigo de la primera comunión de los niños y el martes regresa de nuevo a su ermita, jornada que constituye propiamente la Fiesta de la Virgen de Olmacedo. Desde la Plaza de España, junto con la corporación y la Banda Municipal, se baja hasta la iglesia el ramo de la Virgen, portado bailando entre cánticos por las señoras que lo han vestido; tras la misa se sube en procesión hasta la ermita, donde se subastan los regalos donados por quienes desean hacer una ofrenda a la patrona. Durante los cuatro días de fiesta se suceden verbenas y ferias, se reúne la familia y los pequeños reciben la primera comunión, en medio del agradecimiento de los olvegueños hacia su Virgen por haberse quedado entre ellos. Porque, entre retazos de historia y leyenda, se cuenta que los monjes de Fitero veneraban en la ermita de Ólvega a la Virgen de Calatrava y que, al marcharse, quisieron llevársela consigo, pero Ella regresó y apareció posada en un olmo, de donde procede su nombre. En el siglo XII, los monjes cistercienses que habitaban un monasterio a los pies de la sierra del Madero abandonaron la entonces llamada villa de Alauva —hoy Ólvega— para trasladarse a Fitero. Sus habitantes profesaban gran devoción a la Virgen de Calatrava, su patrona, y el día en que los frailes partieron, en la festividad de la Ascensión, formando una caravana de carros tirados por bueyes y caballos, las gentes salieron al camino a despedirse, más de la Virgen que de los propios monjes: se dice que lloraron las mozas que solían acudir a su trono a confiarle sus pesares e ilusiones, y también dos pastorcillos, Juanico y Pedro, que acostumbraban a visitar el altar cuando el ganado dormía la siesta para contarle sus preocupaciones, como la ovejuela perdida o el temor de que algún corderillo cayera víctima de los lobos que aullaban por las crestas de los montes. Aquel día, un hermano lego les aseguró que los frailes volverían pronto si rezaban mucho, sin que los niños repararan en que la Virgen viajaba ya, sentada en un trono sobre los aparejos de un caballo blanco, con la caravana que se perdía en la lejanía. Al descubrir el altar vacío y arrodillarse a rezar, un relámpago y un trueno les hicieron alzar la vista justo antes de salir corriendo hacia sus rebaños; fue entonces cuando la vieron, resplandeciente, posada sobre las ramas de un olmo centenario. La Virgen no quiso marcharse a Fitero: se quedó entre sus hijos de Ólvega, y desde entonces se la conoce como la Virgen de Olmacedo.

En agosto, desde 1982, se celebran el primer fin de semana del mes las Fiestas de la Juventud, organizadas por la asociación La Juve con la colaboración económica de todo el pueblo y presididas por su mascota, el Bulinga. El viernes se anima con un concierto de grupos jóvenes en el último de los chiringuitos, y el sábado, tras el pregón a cargo de dos jóvenes de la localidad, quedan inauguradas oficialmente las fiestas. A lo largo del intenso fin de semana no falta la actividad: verbenas, charangas, gaiteros, el reparto de dos mil bocadillos, chocolatada, migas y juegos, en una celebración que ha calado no solo entre los olvegueños sino en toda la comarca.

San Roque fue tiempo atrás protector de la villa. El 14 de agosto, para conmemorar su festividad, se repartía una pera a los niños que iban a limpiar el camino de la procesión, costumbre implantada en 1917 en sustitución del reparto de fruta del tiempo que se hacía hasta entonces; hoy la tradición del reparto perdura, aunque ya no sea necesario limpiar el camino. Coincidiendo con la Virgen de Agosto se bajaba a San Roque desde su ermita hasta la iglesia, jornada de buena mesa y baile en la plaza; al día siguiente, festividad del santo patrón, se repetían el baile y algún guiso extraordinario, y el día 24, onomástica de San Bartolomé, se subía de nuevo a San Roque a la iglesia, con baile y subasta de las ofrendas donadas en su ermita.

San Bartolomé, sin embargo, no se celebra el día de su onomástica sino el segundo domingo tras la subida de la Virgen de Olmacedo a su ermita, jornada en la que era costumbre cantar unas letanías que, rotando cada año, se decían en su ermita, en San Roque y en la Soledad. En mayo, coincidiendo con su onomástica, se celebra además una romería con misa y comida campestre en la ermita que el santo tiene en el valle de la Araviana.

En julio, con la llegada del verano, los camioneros veneran a San Cristóbal, patrón de los conductores, oficio heredado de los antiguos carreteros. La fiesta arranca el sábado por la mañana con charanga por las calles, solemne misa y procesión hasta la Placeta del Moncayo, donde se bendicen los vehículos y se reparte una estampa del santo; camioneros y demás miembros del gremio organizan después una comida, y por la noche una verbena abierta a todo el pueblo anima la Plaza de España.

La Semana Santa de Ólvega tiene en las procesiones su momento más destacado, con el paso solemne de imágenes como la Oración del Huerto, la Flagelación o la Columna, el Ecce Homo o Cristo de la Caña con la Cruz a Cuestas, el Cristo de la Agonía, el Sepulcro y la Virgen de la Soledad. La organizan la Cofradía de la Santa Vera Cruz, la Cofradía de Penitentes, la Cofradía de Romanos, la Banda de Cornetas y Tambores de Ólvega y la Banda Municipal. El día anterior al Domingo de Ramos, los mayordomos de la Vera Cruz visten los pasos en la ermita de la Soledad, y los alfileres que han pasado por las ropas de las imágenes se bendicen y reparten entre los niños, con la creencia popular de que la herida producida por uno de ellos no se infecta. El Domingo de Ramos por la mañana tiene lugar la Procesión de la Palma y la Bendición de los Ramos, desde la Plaza de España hasta la iglesia, con la participación de las cofradías de Penitentes y de la Vera Cruz; ese mismo día, en la ermita de los Mártires, se realizan las inscripciones en la Cofradía de la Vera Cruz, tanto de los niños nacidos ese año como de cualquiera que desee incorporarse. Por la tarde, los pasos salen en procesión desde la ermita de la Soledad hasta la Parroquia de Santa María la Mayor, donde se cantan Los Lamentos. El Jueves Santo se celebra el lavatorio de los pies a doce penitentes y tiene lugar la procesión más larga, que recorre las calles más céntricas del pueblo. El Viernes Santo por la mañana se celebra la Procesión de las Siete Palabras, en la que salen la Virgen de la Soledad y el Cristo de la Agonía con siete paradas, y por la tarde la Procesión del Santo Entierro, en la que participan todos los pasos y se representa, en un momento emotivo del recorrido, el entierro de Jesús: el capitán de los romanos «echa la losa», sellando simbólicamente el Sepulcro, antes de que los pasos regresen a la ermita de la Soledad. Dos ermitas cobran especial protagonismo en estos días: la de la Virgen de los Mártires, templo del siglo XIII situado en el corazón del casco urbano, donde penitentes, romanos y banda se reúnen antes de cada procesión junto al sacerdote y los mayordomos de la Vera Cruz; y la de la Soledad, en la calle homónima, levantada en el siglo XVII bajo el auspicio de la Cofradía de la Vera Cruz, donde se guardan los pasos durante el año y de donde parten en la primera procesión de Domingo de Ramos para regresar en la última de Viernes Santo. Durante los propios días de Semana Santa, las imágenes se custodian en la Parroquia de Santa María la Mayor.

La Cofradía de la Santa Vera Cruz es una de las más antiguas de la localidad: se conocen sus estatutos de 1709, aunque el historiador Manuel Peña García considera que su fundación pudo ser anterior, sin que hasta el momento se conozca la fecha exacta. Mantiene hoy buena parte de sus finalidades originales, como la asistencia y el acompañamiento en los entierros y la participación en la Semana Santa. Desde 1979 la integran los quintos que cumplen cincuenta años, junto a sus consortes, que además salen en la Procesión del Santo Cristo el 14 de septiembre y en la Procesión del Abuelo, el lunes siguiente a las Fiestas de la Virgen de Olmacedo, en mayo. En las procesiones de Semana Santa, los hombres visten capa castellana negra y portan una vela larga y gruesa, mientras las mujeres, detrás, lucen riguroso luto con la característica peineta y mantilla; tres cofrades portan las cruces de la procesión. El día tres de mayo se celebra el «cambio de capas», acto en el que se nombran los nuevos mayordomos, que se harán cargo de la actividad de la cofradía durante el año siguiente, de mayo a mayo.

La Cofradía de Penitentes vistió túnica negra hasta 1966; desde entonces luce capa, guantes y cordón blancos, con túnica y capirote morados. Los nazarenos —los niños de la cofradía— visten túnica morada con esclavina, guantes y cordón blancos. El Preboste, que encabeza las procesiones, porta una cruz verde y viste túnica, guantes y capirote blancos con capa y cordón morados; tras él desfilan los nazarenos y después los penitentes que portan las imágenes, escoltados por los soldados romanos.

La Cofradía de Romanos, ataviada con coraza, casco, escudo y lanza, acompaña y escolta a los penitentes durante las procesiones y se encarga además de custodiar el monumento en la iglesia desde el Jueves hasta el Viernes Santo.

Como colofón gastronómico de estos días, junto con las torrijas es tradición tomar la limonada, un vino preparado con vino tinto, limón, canela y azúcar, que cierra el recorrido de un calendario festivo en el que cada celebración de Ólvega —desde el rollo de San Blas hasta la limonada de Semana Santa— guarda su propio sabor, su propia historia y, en más de un caso, su propia leyenda.

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Nuestras Raíces (2026). Fiestas y Gastronomía. Archivo histórico de Ólvega.

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