Juan de Pedroso y González (1581-1628) fue un hidalgo natural de Pedroso (La Rioja) que alcanzó considerable relevancia en la administración de la Monarquía Española durante los primeros decenios del siglo XVII. Caballero de la Orden de Santiago e influyente consejero real, dejó un legado perdurable en su villa natal a través de la fundación de la Capilla de San Juan de Letrán, una de las empresas religiosas y artísticas más ambiciosas de su época en la comarca.
Su carrera en la Corte de Madrid resultó notablemente exitosa. Tuvo presencia como consejero del Rey desde al menos 1613, consolidando su posición mediante la solicitud de admisión en la Orden de Santiago en 1623, ingresando oficialmente el 11 de noviembre de ese año. Posteriormente fue nombrado consejero de Guerra en 1623 y consejero de Hacienda en 1624, llegando a participar como miembro en la creación de la Junta del Almirantazgo el 15 de enero de 1625. Además de estas responsabilidades administrativas, redactó un memorial sobre la prohibición de comerciar con rebeldes holandeses, probablemente en torno a 1623, contribuyendo a la definición de la política comercial castellana en momentos de conflicto dinástico.
El testamento de Juan de Pedroso, formalizado el 1 de febrero de 1628 ante el contador Francisco González de Entrena en Madrid y conservado en el Archivo Histórico de Protocolos Notariales de Madrid (Leg. 4461, fols. 253-259), constituye su obra más notable: la fundación de la Capilla de San Juan de Letrán en Pedroso. Esta iglesia fue erigida en el solar que ocupaban las antiguas casas de su padre Francisco de Pedroso, con una dotación inicial de 1.000 ducados destinados a construcción y ornato. La capilla se concibió con advocación a San Juan de Letrán siguiendo un programa de unionismo espiritual con la basílica romana, según el modelo de la existente en Gibraltar. Si esta unión canónica no fuera posible, se dedicaría a los Santos Juanes con un privilegio para alguno de sus altares y un jubileo para el día de San Juan.
El proyecto arquitectónico fue realizado por artistas madrileños, probablemente durante los años treinta del siglo XVII. La iglesia presenta planta de cruz latina con gran sencillez arquitectónica, caracterizada por una sola nave con tres tramos articulados por pilastras toscanas, presbiterio elevado sobre gradas y muros lisos rematados con cornisa sobre basamento de piedra. Los pilares alternan ladrillos con mampostería ordinaria. La fachada de los pies cuenta con dos cuerpos decrecientes flanqueados por pilares de ladrillos, coronada con espadaña de doble vano con arcos de medio punto. La portada es de piedra labrada en estilo renacentista tardío con influencia madrileña: un solo cuerpo con vano adintelado de molduras escalonadas sostenidas por ménsulas tronco-piramidales, y ático con hornacina rectangular que alberga la escultura de San Juan Evangelista de pie en tres cuartos, con la mano derecha señalando al cordero situado a su izquierda sobre tronco de árbol. A cada lado de la portada aparece el escudo heráldico de Juan de Pedroso con yelmo emplumado de hidalgo, dividido en dos campos: el derecho ocupado por un brazo armado y el izquierdo por una torre surmontada con estandarte.
La construcción del templo implicó complejas negociaciones entre maestros canteros. El 22 de junio de 1630 se llegó a acuerdo entre los canteros, renunciando Pedro de San Miguel y Juan de la Riva a la construcción de la iglesia, siendo compensados por Pedro de Aguilera con 75 ducados cada uno. El 27 del mismo mes, Juan de la Verde (que llegaría a ocupar el cargo de veedor del Obispado de Calahorra-La Calzada) y Rodrigo de la Cantera se obligaban como fiadores de Pedro de Aguilera. El 29 de junio se firmaba el contrato de construcción, con presencia de los canteros Ignacio de Anzola (natural de Marquina, maestro de la obra de Cenicero), Pedro de la Sierra y el campanero Alonso del Valle (de Prabes), que actuaron como testigos. Aunque los plazos iniciales no se cumplieron, hacia 1640 Francisco de Guinea levantaba la fachada bajo la dirección de Félix Domínguez. El coste real superó con creces los 1.000 ducados estipulados en el testamento, causando un dilatado proceso constructivo. El templo fue finalmente consagrado catorce años después, en 1654, con el título de Basílica Sacramental de San Juan de Letrán.
El programa arquitectónico evidencia similitudes con el Convento de las Madres Mercedarias de don Juan de Alarcón en Madrid, remodelado en las mismas fechas, sugiriendo que ambos proyectos compartieron criterios de diseño y circunstancias similares de penuria económica que condujeron a una sencillez arquitectónica caracterizada por la funcionalidad sobre la ornamentación.
La capilla contaba con tres altares: uno mayor y dos colaterales. Las disposiciones testamentarias de Juan de Pedroso especificaban con extraordinario detalle los elementos destinados a ornamentar el templo. Para los retablos, donaba una colección significativa de cuadros de su propiedad, incluyendo representaciones de santos y pasajes de la vida de Cristo de considerable tamaño: una pintura grande de San Antonio con marco dorado, otra de San Francisco, el Cristo amarrado a la columna, escenas de flagelación, resurrección de Lázaro y un cuadro de David con Abigaíl. Complementaban esta colección esculturas de bulto (volumen) del Niño Jesús, San Juan Niño y dos cristos.
El patrimonio mueble se completaba con objetos de platería de alto valor: un brasero de plata con escalfador, un cofre de plata para la custodia eucarística destinado a los días de Jueves Santo, ocho candeleros de plata grandes, cuatro de bugías redondas, una fuente y un jarro de plata. Asimismo, donaba colgaduras de brocatel nuevo, alfombras y tapetes nuevos. Entre las piezas más singulares figuraban dos cruces de reliquias y un relicario con reliquias de la Pasión de Cristo, incluida una espina de la Corona que procedía de la venerada en el Monasterio de la Cartuja de Sevilla.
El funcionamiento de la institución quedó regulado mediante una dotación económica de 600 ducados anuales, distribuidos entre un capellán mayor (200 ducados), dos capellanes ordinarios (150 cada uno), fábrica del templo (80 ducados) y sacristán (20 ducados). Los capellanes debían ser naturales de Pedroso u originarios del Obispado de Calahorra, superar examen de teología y moral, y residir honestamente en la villa sin escándalo público ni otras prebendas. Sus obligaciones incluían celebrar diariamente misa cantada con responso concelebrada entre dos de ellos en turno, y aplicar las misas especiales de difuntos por el alma de Juan de Pedroso, sus padres y antepasados.
La capilla fue diseñada con vocación de continuidad institucional. Juan de Pedroso ordenó que su cuerpo reposara inicialmente en uno de los monasterios madrileños (San Martín o la Santísima Trinidad), siendo trasladado posteriormente a la capilla mayor para su sepultura definitiva bajo sus armas heráldicas. Prohibió que otro cuerpo fuera enterrado en la capilla mayor, salvo el de su sobrino Bernabé Martínez de Pedroso, a quien nombró patrón de la iglesia durante su vida. A la muerte de Bernabé, el patronato pasaría a un órgano colegiado compuesto por el abad del monasterio de Nuestra Señora de Valvanera, un vicario del Obispado de Calahorra-La Calzada y, de Pedroso, el párroco de San Salvador y el alcalde ordinario. Estos deberían seleccionar a los aspirantes a capellanes mediante oposición celebrada en la villa.
Los trabajos artísticos posteriores a la fundación original confirman la calidad y ambición del proyecto. Dos retablos fueron realizados por Francisco Fábrega y Juan de Tarazona hacia 1640. El retablo del lado del evangelio lo preside un lienzo de San Antonio de Padua (barroco de hacia 1640, escuela italiana) y en su ático una Epifanía de escuela madrileña de la primera mitad del XVII. El retablo del lado de la epístola presenta en el primer cuerpo un lienzo del Arrepentimiento de San Pedro (de talleres calceatenses, primera mitad del seiscientos) y una Natividad en el ático (escuela madrileña de mediados de la centuria). En el primer tramo del evangelio existen tres pinturas: dos copias de Tiziano (una Dolorosa y un Ecce Homo) y un Martirio de San Juan Bautista (italiano de la primera mitad del XVII). En la nave de la epístola se localizan obras de Felipe Diriksen: San Pedro, San Juan en Pasmos, San Juan Evangelista, y en la sacristía un Calvario; posiblemente son los únicos cuadros conservados del encargo de 12 lienzos realizado a este pintor en 1643. Un gran lienzo de San Francisco orando (escuela italiana de la primera mitad del siglo XVII) podría identificarse con el «Sant Francisco tambien grande» mencionado en los asientos del testamento.
En la sacristía existía un escudo de hidalgo en madera policromada sobre cruz de Santiago partido de brazo armado y torre surmontada por estandarte, del mediado del XVII, que corresponde a las armas de Juan de Pedroso. Este mismo escudo aparece doblemente flanqueando el ático del retablo de Nuestra Señora del Rosario de la segunda mitad del seiscientos, situado en la capilla de Juan de Villarreal de la parroquia, indicando que también procedía originalmente de la iglesia de San Juan de Letrán. En 1976 se conservaban varios retablos y lienzos procedentes de la iglesia en la iglesia parroquial de El Salvador.
La trayectoria biográfica de Juan de Pedroso revela un caballero de considerable fortuna. El inventario de su testamento documenta la riqueza cuantiosa del personaje: 17.200 ducados en metálico; objetos de lujo como 12 escritorios (varios de ébano, marfil y plata), 4 escribanías de las que dos eran de plata, 3 cuadros y 2 láminas; joyas valiosas incluyendo 5 cadenas de oro, 2 cintillos de diamantes y 3 veneras (dos de oro y una de diamantes); así como 5 vestidos con bordados y de colores, un pabellón de seda y un valioso juego de tapices con la historia de los Infantes de Lara.
Más allá del lujo material, el testamento documenta la piedad y mecenazgo de Juan de Pedroso. Destinó 400 ducados para ayuda del retablo mayor de la iglesia de Santiago de Logroño y 100 ducados para la obra de la iglesia de los padres trinitarios. Como testamentario de su hermano Bernabé de Pedroso, ordenó entregar un valioso cofre de reliquias, pinturas y aderezos de capillas a la capilla de la Concepción del monasterio de San Francisco de Logroño, donde se trasladaría el cuerpo de Bernabé. Asimismo legó "toda la cera de mi casa" a Ana de Albiz, excepto la mitad de las bujías destinadas al altar de Nuestra Señora de Atocha en Madrid.
Particularmente relevante es su legado artístico. Dejó dos pinturas a elegir a Gerónimo de Luna de entre sus obras no destinadas a la iglesia de Pedroso. Más notable aún es el cuadro de San Francisco pintado por Juan Fernández Navarrete, llamado "el Mudo", que fue legado al Conde Duque de Olivares, siendo el único de sus cuadros del que se menciona el autor. La presencia de sus armas heráldicas en la iglesia de San Juan de Letrán indica la relevancia social y política del personaje en su época.
Según la crónica de Juan Matías Herce (1786), la capilla fue dotada de tres capellanes y misa diaria alternada. El cuerpo de Juan de Pedroso permanece sepultado en la iglesia bajo sus armas heráldicas colocadas en la fachada junto a la imagen de San Juan Bautista, titular del templo. La fundación de la Capilla de San Juan de Letrán constituye el testimonio más permanente de la devoción, recursos económicos y sensibilidad artística de este caballero de Santiago, quien logró convertir su patrimonio personal en una institución religiosa y cultural que trascendió su propia existencia para enraizarse en el patrimonio de Pedroso.