El cristianismo comenzó a difundirse por Hispania desde el siglo I, llevando a los pobres y oprimidos una doctrina sencilla y consoladora que finalmente triunfaría sobre el paganismo. La expansión de la nueva religión fue más rápida de lo que algunos historiadores han supuesto: a mediados del siglo II debían de ser ya bastante numerosas las comunidades cristianas existentes. En el siglo III había avanzado considerablemente la creencia de los españoles, y las primeras persecuciones contra los cristianos en España ocurrieron a mediados de este siglo, siendo especialmente intensas durante la época de Diocleciano en el siglo IV.
El cristianismo representaba una revolución desde el punto de vista histórico estricto, pues se practicaba precisamente en la interioridad del hombre, en su transformación íntima como tal, dueño de una fe que le hace consciente de ser criatura de un Dios creador. El hombre cristiano era un hombre radicalmente nuevo; la religión cristiana suponía una nueva universalidad muy superior a la del mundo romano y un nuevo modo de ser de los hombres, centrado ahora en la intimidad del individuo, en la fe, en el amor de Dios y en la observancia del género específicamente moral cristiana.
Espańa seguiría siendo romana durante mucho tiempo por su cultura, su lengua e instituciones, pero sería cristiana además por ese nuevo modo de ser espiritual de sus habitantes, que iría transformando sustancialmente las costumbres y las concepciones éticas y sociales. En el territorio de Ólvega, la evidencia arqueológica sugiere la presencia temprana de comunidades cristianas en los primeros siglos después de Cristo. Un testimonio importante es la inscripción funeraria encontrada en 1895 junto a la calzada romana de Augustóbriga, correspondiente a Gayo Cecilio, que sugiere la posible pertenencia a una familia cristiana, particularmente considerando la omisión de símbolos paganos típicos de la época.
